Entre lobos (2011)

            Todo iba sobre ruedas. Mi abuelo, nacido en Casasola de Arión, Valladolid, viajaba por la carretera que unía Pinito de… con Alcañices para dormir allí, como solía hacer.
            En el primer pueblo, el cliente del día le había hecho esperar mucho tiempo hasta que pudo verlo, y venderle unas máquinas aventadoras. Por aquel entonces, mi abuelo se ganaba la vida vendiendo maquinaria agrícola por toda España.
De esto hace unos cuarenta o cuarenta y cinco años. Alcañices es un pueblo que hace frontera con Portugal, y que en aquella época, en palabras del protagonista, era un pueblo importante pero bastante atrasado.
Hacía mucho calor ese día de verano. El sol había caído ya, y la oscuridad era absoluta, excepto por una reluciente luna llena que brillaba en el firmamento acompañada de varias estrellas que poco a poco iban apareciendo.
No había ni una sola nube.
El coche de mi abuelo era entonces un  Renault f4, con matrícula VA- 15…
No había ningún problema. El día siguiente volvería a casa, donde lo esperaban su esposa y sus hijos.
La carretera era estrecha, muy empinada, y llena de baches, y al coche le costaba lo indecible subir.
La carretera iba a dar a la general que unía varios pueblos. Estaba asfaltada y bien señalizada, todo un lujo.
Era medianoche. Hacía calor, muchísimo calor. Varios árboles al fondo y por todas las montañas cubrían el paisaje, y la maleza rodeaba la carretera.
Era un viaje incómodo, la carretera era muy mala.
La mala fortuna quiso que en uno de los numerosos baches, una rueda reventara.
Quedaban alrededor de ciento cincuenta metros para llegar a la carretera general.
Un abrumador silencio lo acompañaba. Cuando prestó atención, escuchó el sonido de la naturaleza: los grillos, las lechuzas, los lobos…
Era ésta una zona llena de lobos y jabalíes.
Mi abuelo tenía miedo, mucho miedo.
Lo primero que hizo fue maldecir su suerte. Estaba allí tirado, solo.
Cuando se hubo calmado y puso en orden sus pensamientos, salió del coche con una linterna, y vio en qué estado se encontraba la rueda trasera derecha.
No podía irse de allí y abandonar el coche. Además, Alcañices estaba aún a unos siete kilómetros.
Mientras tanto, podía oír cómo los lobos cruzaban la carretera de un lado a otro, algunas veces muy cerca de él. Tal vez demasiado cerca.
No había luz suficiente como para verlos. Para no llamar la atención había apagado las luces, pero él sabía que estaban ahí, escondiéndose entre la maleza, rodeando su coche para cruzar la carretera, e incluso observándolo, como queriendo entender qué hacía él allí.
Viendo la situación, mi abuelo se metió de nuevo en el coche, con la intención de pasar allí el resto de la noche. Reflexionó. En ese momento, no estaba muy seguro de lo que iba a hacer. Pensó en su familia, en sus hijos, en su esposa.
En esos momentos de soledad absoluta con uno mismo (sin contar con los lobos, que seguían cruzando por la carretera), el tiempo transcurre demasiado lentamente.
Mi abuelo intentó pensar en otra cosa. El ruido que hacían los lobos podría volverle loco. Y él no quería eso, claro.
Pero por mucho que lo intentase, no podía apartar de su mente ese pensamiento…, ese presentimiento de que algo malo, macabro, se cernía sobre él.
Y mientras tanto, los lobos seguían pasando a su lado.
Una vez creyó ver varios ojos brillantes mirándolo. Luego, cerró los suyos; y al volver a abrirlos, lo comprobó. Le observaban atenta y fijamente.
En estas, mi abuelo oyó claramente el aullido de un lobo en las inmensidades de la insondable oscuridad, como llamando a quién sabe qué, que le heló la sangre.
Al final, se decidió a intentarlo. Salió del coche, y alumbró la rueda mientras trataba de quitar las tuercas para cambiarla y poner la de repuesto.
Pero por más que insistió, no lo consiguió.
Finalmente desistió, y se metió de nuevo en el coche. Cerró las puertas, pensando que allí dentro estaría seguro. Ningún lobo lo podría comer.
Y así transcurrió alrededor de una hora, hora y media.
Mi abuelo no solía fumar, no era lo suyo. Pero en este caso hizo una excepción, y vació su tabaquera.
Cuando se hubo acabado todos los cigarros, alumbró con la linterna la rueda.
Hacía calor, mucho calor. Y mi abuelo podía sentirlos. Sí, estaban ahí, y tal vez con hambre.
Y entonces lo supo. Se acercaban. Podía sentir su presencia, oír sus acompasadas respiraciones.
Lo único que en ese momento se le ocurrió hacer fue hablar en voz alta. No se había vuelto loco, no tenía que recordar o memorizar nada, no rezaba sus oraciones.
Lo que él hacía era imitar el sonido de varias voces, para engañar a los lobos, y hacerles pensar que no estaba solo.
Al principio, pareció que la idea funcionaba. Los lobos retrocedieron unos pasos. Pero conforme iba pasando el tiempo, iban acercándose poco a poco, sin que sus patas hicieran ruido.
Ya casi estaban encima de él y del coche. Mi abuelo pasó de pensar lo más rápidamente que podía, a dejar la mente en blanco en un segundo.
Uno había empezado a olisquear el maletero, y otro había puesto las patas en la puerta trasera.
En ese mismo momento, se alejaron corriendo. Mi abuelo no se dio cuenta inmediatamente; tenía los ojos cerrados, los puños apretados con los nudillos blancos, y un sudor muy frío corría por su frente.
Cuando recuperó el control sobre sí mismo y sobre su miedo, abrió los ojos, y miró hacia la carretera.
Una luz había aparecido al final del camino. En un principio, no supo distinguir lo que era; pero, cuando discernió la figura de un coche que se acercaba rápidamente hacia él, por poco grita de alegría.
El conductor paró a su lado. Bajó del coche; y, cuando se hubo acercado a él, le preguntó qué le había pasado.
Mi abuelo le contó resumidamente su situación. Cuando terminó, su salvador se presentó. Era el médico del pueblo, que, aun teniendo prisa, se ofrecía a ayudarlo.
Mi abuelo cambió la rueda, iluminado por aquel buen hombre. Hecho esto, le agradeció las molestias. Le debía la vida.
Se despidieron, y tomaron caminos diferentes.
Ya en la carretera general, la atmósfera cambió. La luna que antes tan poco alumbraba, ahora era casi como el sol, y se podía ver perfectamente.
Mientras el médico iba a Alcañices, mi abuelo fue hacia Zamora.
Allí todas las luces estaban apagadas. No había ni un alma por las calles, y se lo pensó mejor. Siguió hasta Casasola.
Aparcó el coche y entró en su casa.
Cuando lo vio mi abuela, le echó la bronca. Eran las tres de la mañana. Contó su historia cuando pudo. Le costó que su esposa lo creyera.
Los niños estaban cenados y en la cama. Mi abuela le propuso cenar, a lo que él le contestó:
-       No ceno, ni como, ni bebo, ni hago nada; demasiado que me he librado. Me meto en la camica, y a callar.
-       Pero cenarás algo.
-       Nada. He prometido que si llegaba a casa ni comer, ni cenar, ni beber nada.

Y lo hizo. Se fue a la cama, y no se despertó hasta la hora de la comida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario