Despertar (Apuntes de distintos días rutinarios III)

                Entre legaña y legaña viajaba  de camino a la universidad; más dormido que despierto, soñando a pesar de la creciente distancia que me separaba de la cama. Mi coche era un punto negro entre dos lenguas grises. La carretera era el reflejo del cielo, con un gris claro y húmedo. Dejando a un lado a los árboles que se movían perezosamente saludando al nuevo día, mis ruedas aplastaban los charcos de leche sin piedad en una rotación vertiginosa que me impulsaba velozmente. El cielo, todo nubes, parecía querer aplastarnos con su pesadez invernal, presionando a la carretera, que trataba de escapar mimetizándose con su oponente y serpenteando en su huida. La inmutable máquina escapaba de la claridad creciente del este, buscando un refugio en la ciudad, que ante ella se extendía. Sus faros alumbraban el agua del suelo y los puntos reflectantes de los quitamiedos. En medio de esta atmósfera enrarecida se alzaron, imponentes, los postes de luces, y aparecieron otros coches, cuyos focos se unían a los de mi coche y los de las farolas para vencer la oscuridad, en esa indiferencia urbana por la naturaleza. Había entrado en un mundo diferente, había pasado por los verdes llanos, encajados entre montes lejanos y nubes, donde el ritmo natural es constante, imperturbable, en continuo cambio; para internarme en el reino del bullicio, el ruido, los horarios fijos, la luz… Había empezado un nuevo día.


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