Aparcar a la solana

El negro coche bajo los
imparables rayos se cuece.
Al abrir me empuja de calor una ráfaga interna,
irrespirable.
Me abrocho la opresora serpiente de fuego;
separo con dolor del vidrio la lámina solar;
pongo en el ardoroso círculo una mano,
en la llameante palanca la otra
(adiós, dactilares huellas);
y arranco.
Llamas de la negra rejilla salen,
impertérrito no se mueve el cristal;
la energía lumínica, luego calorífica
por radiación,
se transforma por biológicos procesos
en energía mecánica en mi frente:
potencial primero,
cinética después,
mi frente emana largos arroyos.
Me muero en caluroso sufrimiento:
no todo es placer en verano.

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